En el número anterior de TODO RALLYES ya dábamos debida cuenta de lo que se estaba gestando en las instalaciones de Piedrafita Sport en Paracuellos del Jarama. Se trataba de un sueño hecho realidad, un anhelo al que uno de los preparadores más laureados de nuestro país estaba dando forma. Si, en su día, volver a ver un Porsche 911 sobre los tramos de un rallye ya puso la carne de gallina a unos cuantos, entre los cuales me incluyo, ver cercana la posibilidad de que, de nuevo, un Ferrari se pelease por el scratch en el Costa Brava, Príncipe de Asturias o Rías Baixas iba a suponer algo cercano a un orgasmo o a resolver un complicado problema matemático, que diría un antiguo profesor mío.
Por lo tanto, en nuestra visita al lugar de donde salieron los victoriosos Citroën ZX 2 litros, Xsara Kit Car o WRC, e incluso el actual C2 S1600 de Auto-Laca, dejamos cerrada ya una promesa. Cuando esa maravilla, que se encontraba desmontada y en preparación, hiciese sus primeros kilómetros sobre un tramo, queríamos estar presentes. Julián Piedrafita, con su amabilidad habitual, prometió llamarnos cuando todo el equipo se desplazase a su tramo de test habitual, en Alicante, Torremanzanas. Estaba por ver quién iba a ser el piloto, pero todo apuntaba a que Puras iba a ser el elegido por Julián para desarrollar su nueva criatura. Los años de experiencia y todo el trabajo realizado juntos, no dejaba ninguna duda acerca de que el binomio funcionaba.
No voy a decir que estuve todas las vacaciones pensando en el 360 Modena, pero la palabra Ferrari cambió de significado para mí. Además de ser el apodo de un querido compañero, que tengo trabajando al lado en la redacción, hasta entonces sólo era una marca mítica, con coches de ensueño y con un equipo en la Fórmula 1. No es que sea poco, pero era algo lejano, fuera de mi vista. Esto es TODO RALLYES; ¡qué nadie me hable de F1!
Pues bien, cuando alguien mentaba a Ferrari en cualquier conversación, yo me acordaba de aquel esqueleto de aluminio, con su caparazón rojo brillante, y ese tremendo V8 de 400 CV en el banco de potencia de Piedrafita. Mi cabeza se iba al cruce del Libardón o a una de las rampas de Canarias, trataba de imaginar ese condenado aparato rugiendo por una estrecha carretera, con esos pepinos por ruedas y totalmente cruzado en la salida de la curva, dejando una marca de goma negra sobre el asfalto.
Despertar de un sueño
No fue hasta septiembre, una vez realizado el Rallye del Ferrol, cuando volví a saber de las evoluciones del Ferrari. Ya estaba designado el piloto, efectivamente iba a ser Puras, acompañado de su inseparable Carlos del Barrio. La fecha estaba cerrada, Vicente Cabanes, organizador del Rallye La Vila Joiosa, se había encar gado de cerrar los tres kilómetros de subida a Torremanzanas y los días 11, 12 y 13 de septiembre iban a ser los elegidos, justo después del Príncipe de Asturias.
Pasó el rallye regio y volví todavía más convencido de que no era sólo cosa mía, los GT hacen falta en el Campeonato de España de Rallyes. Sólo los Porsche, con permiso de Ferreiro y su MkII, arrancaban exclamaciones del público.
El martes iban a poner el coche a punto, a rodar los primeros kilómetros y comprobar que todo iba según lo esperado, nuestra fecha era el miércoles 12. Entonces íbamos a ver por primera vez, al menos en mi caso, a un Ferrari rodando por un tramo. Pero para vanagloria de un servidor, y espero que de los lectores, también me iba a montar en el 360 con Puras y sentir en mis propias carnes lo que es tener 400 CV en la espalda y encarar un tramo sentado a muy pocos centímetros del suelo. Pero que conste que acepté sólo para poder contarlo a todos los lectores, no porque tuviese especial interés en sentarme al lado de un ocho veces campeón de España, en un coche que seguramente hará Historia en el Nacional...
Bueno, el caso es que salimos temprano de Madrid para llegar a media mañana a Alcoy, cerca de donde estaba el tramo. Extrañamente no me costó levantarme, cogí mi mono y mi casco y hasta me puse calzoncillos rojos para la ocasión. Viaje coñazo por la carretera de Valencia en busca de radares, la última vez esta travesía le costó 4 puntos a un colega. Pero cuando cogimos la estrecha carretera que se dirige a Benifallim, la emoción iba subiendo. Un guardia civil nos paró y el primer puesto de radio nos dice que está bajando el coche. A lo lejos se oye un rugir que no se parece en nada al Porsche, grave, con los cortes rápidos de un cambio secuencial, parece más un F2.
Pero no, entre los almendros y los olivos de esta preciosa región aparecía el Ferrari, rojo, inmaculado. Freno de mano y otra vez para arriba. ¡Qué ganas de volverlo a ver!
Subimos hasta la base, en lo alto del puerto, y tras los saludos de rigor, comencé a observar el Ferrari. Es precioso, bajito, muy plano y anchísimo. No parece un coche de rallyes. Puras está como un chaval, totalmente metido en el desarrollo del coche, hablando con los ingenieros, y Julián observa desde lejos todas las evoluciones.
Vuelo rasante
Mientras siguen rodando y espero a que me llegue el turno, yo me bajo al tramo para ver pasar esa maravilla. Ya se ha corrido la voz y las cunetas de las primeras paellas están llenas de público, esperando ansiosos que el Ferrari dé más y más pasadas. Desde fuera, el sonido no es tan espectacular como esperaba, el V8 no hace demasiado ruido y el típico rugido metálico del Ferrari se ha apagado al cortar a 8.000 vueltas, donde el coche ya lo ha dado todo. Los escapes no ayudan, pues son los de serie, seguramente se cambien por unos específicos de GT que ya existen. Puede que los 400 CV no relinchen como debieran, pero empujan como demonios, cuando el 360 encara la cuesta arriba, empieza a meter hierros y llega a una velocidad endiablada a la siguiente curva. ¡Yo me quiero montar!
Se acabaron las fotos, mi hora se acerca. Me enfundo el mono, preparo el casco y Carlos del Barrio me explica cómo hacer para encender los “trasponder” del cronometraje y cómo darle a la extinción manual en caso de problemas. Me contorsiono para entrar en el habitáculo, del que Puras ni siquiera ha salido de la anterior tanda. Nos han montado unas ruedas nuevas, moldeadas atrás, vamos a probar cómo van. Chus se disculpa por no hablar, pero es que hay que aprovechar las pasadas al máximo. Yo le digo que da igual, que ya hablaremos lo que haya que hablar luego, que él a lo suyo. Salimos calentando neumáticos, tranquilos... Vamos muy bajitos, pero curiosamente veo perfectamente la carretera, mejor que en cualquier otro coche de rallyes. El morro del 360 no es precisamente un estorbo. Cuando llega la recta, Chus comienza a acelerar y ya siento los caballos en mi espalda, los cambios se suceden muy rápido y en un momento llega la frenada. Esto no corre, vuela.
Ya estamos abajo, preparados para encarar la subida al máximo, con las gomas calientes, o eso pensábamos. Primera, segunda, tercera... primera paella a derechas y el culo del Ferrari se atraviesa. ¡Vaya cruzada! –pienso–. Y tanto, acabamos mirando para Benifallim. Es muy radical, me dice Puras, una vez que se escapa de atrás, que pega la patada, es muy difícil recuperar toda esa potencia. Hay que ser muy fino con el gas. Esas palabras se me clavan en la mente cuando afrontamos la segunda subida. Esta vez pasamos la paella sin problemas y noto la tremenda tracción de los neumáticos Michelin 295/30/18. No se pierde ni un ápice de los 400 CV, son 8 cilindros en V que hacen un total de 3.586 cc, gestionados por una centralita Magnetti Marelli “Made in Piedrafita” y pasados al tren trasero por una caja Hewland como la que este modelo usa en Le Mans, con un autoblocante de discos, por lo que la fiabilidad de estas partes está fuera de toda duda.
Acojonadito…
Dentro ya no parece que el coche suene poco, es tremendo notar una y otra vez el empuje de los 400 CV y ver a Chus a un ritmo de scratch, exprimiendo al máximo los neumáticos, los frenos y los 37,5 mkg de par. El tramo se las trae, empieza muy virado, para luego llegar a una recta donde, aunque no se llega a meter sexta, se corta inyección un segundo en quinta, unos 180 km/h en una carretera botona como ya quedan pocas.
La parte final, entre rocas y pinos, con los típicos muros “ahora sí, ahora no” del lado del precipicio. En esta zona es donde me entró el “canguelo”. Unas enlazadas muy rápidas, con piedra a los dos lados, un ritmo de infarto y el Ferrari que se escapa de atrás: ”Es muy radical. Una vez que se escapa de atrás, que pega la patada, es muy difícil recuperar toda esa potencia”. En una milésima de segundo recordé la frase que me había dicho momentos antes, ¡joder qué susto! Pero las manos de Chus se mueven rápidas y precisas, contravolante y derrapada larga, para cam- biar de dirección a la siguiente curva. Es que estos neumáticos no son como los slicks de antes, me dice... Mejor no le digo nada de dónde se me han puesto los huevecillos.
Paramos en base y nos cambian los neumáticos de delante por otros moldeados, había un poco de descoordinación en entre ambos trenes. Yo me lo pienso y no me bajo del Ferrari. Si no me monto con Puras, ¿con quién coño me voy a montar? Vamos a dar otra vuelta...
Ahora va mejor, no hay tanta diferencia de grip entre delante y detrás, las cruzadas son más controlables y el ritmo, claro, es mayor. Las marchas se suceden una tras otra, es impresionante a la velocidad a la que va esto. Es un coche de carreras, dice Chus. Se nota en todo, las reacciones, la potencia, lo pegado que va al suelo. Éste es un coche nacido ya para la competición y hacen falta manos para llevarlo, no una “madre” como los Gr.N.
Sin duda, manos hay, porque vamos a un ritmo realmente muy elevado, un tramo completo así, tiene que ser agotador. El Ferrari es muy bajito y le han puesto una protección de acero en toda la parte central y en el motor, de las de tanque, nos dijo Julián. Pero no hace falta, casi no pega abajo, apuntilló. Tenía que haber estado sentado en mi sitio en la última subida, ésa sí que fue a muerte. Creo que Chus fulminó todos los tiempos anteriores, y eso que yo debo pesar el doble que Carlos. Subíamos como alma que lleva el diablo, una paella, otra, la recta hasta el corte, frenazo y reducción de las de libro (de las que han hecho famoso a Puras, por ser uno de los que más tarde frena), salida de la última paella de lado y, enfrente, la curva donde me encomendé a la virgen la última vez. ¡Raaaasssssss! Un topetazo justo debajo de mis pies, debimos dejar medio protegecárter, porque era chapa de tanque que si no... Tal es así, que comenzó a entrar un humillo blanco y un olor a chamuscado en el interior, pero como Chus ni se inmutó, pues ahí iba yo, a la derecha del padre, sin perder ni un solo detalle de lo que estaba viviendo.
Pufff... sensación agridulce al parar. Estoy vivo, pero se ha acabado. Me lo he pasado como los indios y hasta me he acojonado. Tres cosas he sacado en claro, que los GT han de ser el revulsivo del campeonato, que no me vuelvo a montar en un Ferrari si no es con Chus Puras y que los copilotos están locos.