La temporada de Asfalto tocó a su fin con el Costa Brava. Una cita vibrante, ya que el título al que podían optar Hevia, Fuster y, en el mejor de los casos, Vallejo estaba por decidirse. Y que una temporada llegue a su final con tres pilotos que podían ganar el título deja bien a las claras que la competitividad, al margen de incidentes, ha sido máxima. Si a ello añadimos la presencia de un Ferrari, en Lloret de Mar se vivió una jornada realmente intensa, que, por ende, se decidió en el último tramo.
Pero a principios de año no estaba muy claro qué iba a ser de este campeonato. Con una marca tradicional como Peugeot en otros menesteres más internacionales, inicialmente todo se reducía a lo que, temíamos, podía haber sido un “paseo” del equipo Fiat, que con su Grande Punto tenía a priori todos los avales para haberse llevado el campeonato sin que nadie le rechistara.
Pero al coche italiano le salieron rivales incómodos, o cuando menos inesperados. Del VW Polo no sabíamos mucho, participaciones europeas, un buen motor, pero muchos aspectos pendientes como para hacerlo realmente competitivo. Por el contrario, de Hevia, referencias no nos faltaban, y la más importante quizá, la que lo define como un piloto peleón como pocos. Luego vino la presencia de un Porsche, en otras épocas versado y laureado en rallyes, y que en manos de Vallejo buscaba reverdecer los mejores resultados de antaño.
También teníamos la gran armada Mitsubishi, con pilotos que prometían dar mucha guerra, como Jesús Puras, Xevi Pons, el campeón en título, Pedro Burgo, y un largo etcétera de aspirantes, como Basols, Senra, Lemes y otro largo etcétera. Y entre unos y otros, un Joan Vinyes que, con un C2 un tanto obsoleto para lo que después vivimos, iba a intentar cuando menos alcanzar el podio. A poco de iniciarse, la temporada empezó a decantarse en torno a los resultados de Hevia, Vallejo y Fuster, claros candidatos al máximo galardón, eso sí, incordiados por Puras, que hizo ver a todos que el que tuvo, retuvo. Mediado el año, las victorias empezaron a repartirse. Tanto podía ganar el Fiat como el Polo o el Porsche, circunstancia que dio al campeonato un signo de igualdad, que en el fondo era lo que se pretendía. Después llegarían los abandonos, que, bien por incidentes mecánicos o de carretera, alcanzaron a los tres tenores del certamen, para llegar a un final trepidante en el que el resultado fue cosa de dos: Hevia y Fuster.
Tanto uno como otro se merecían el título, pero al final sólo lo consiguió uno. A favor de Alberto siempre habrá que decir que su coche y su equipo no eran de lo mejorcito; a lo más, contaba con un buen motor, porque un coche que pesaba 97 kilos más que el de su rival, o tenía un motorazo y muy buenas manos al volante, o si no, no hubiera llegado hasta donde lo hizo. Vallejo también cumplió con creces, y de no haber sido por toda una serie de abandonos mecánicos no sabemos qué hubiera pasado. Lo cierto es que el Porsche ha demostrado que tiene sus posibilidades en este campeonato, tanto como las puede tener el Ferrari el próximo año. Y de ello habrá que estar muy pendientes, porque esta nueva categoría, la de los GT, hay que defenderla, si no queremos que los rallyes se conviertan en una cita de amiguetes.
La temporada nos mostró también la buena salud de los Grupo N tradicionales, algunos de los cuales estuvieron en excelentes manos, como las de Basols. El piloto de Igualada midió muy bien sus posibilidades: cuando tuvo que correr, lo hizo, cuando tocaba conservar, dosificó, y compaginando tácticas ahí está su título de Gr.N, que es el auténtico, aunque echamos de menos que se midiera de tú a tú con Puras y Burgo, que empezaron muy fuertes, pero a los que no les llegó el presupuesto.
El Desafío Peugeot se decidió igualmente en Lloret, tras una fantástica pugna entre Garre y Martí, pilotos que obligadamente deberían dar un paso al frente en otras categorías.
Si la temporada 2008 nos da un poco más que la recién terminada, salvaremos un certamen que a punto ha estado de hacer aguas, y para ello, los criterios y el esfuerzo de todas las partes, obligadamente, deben aunarse.