El día a día en el Dakar es frenético. Kilómetros y kilómetros contra el reloj mientras que las horas de descanso se cuentan con los dedos de una mano. Pero además de los pilotos y los coches, de los segundos de la clasificación, etc., hay otro Dakar detrás que no sale en la televisión y que es tanto o más importante que la propia carrera en sí: es la maquinaria que se oculta tras la esfera del reloj, lo que en realidad mueve las agujas.
Al caer la noche, buena par te de los camiones de asistencia ya han llegado al vivac. Ellos siguen la carrera por un recorrido paralelo y esperan a los competidores en su punto de destino. La organización ha montado ya las haimas donde toda la caravana podrá sentarse a cenar después de un duro día. Grandes hogueras en el centro calientan el gélido ambiente del invierno en el desierto. Con cuentagotas, van llegando los coches y buscan su asistencia, y las motos más rezagadas se mezclan ya con los primeros camiones de asistencia rápida, los que realizan todo el recorrido.
De fondo sólo se oye un soniquete de pistolas de aire apretando y aflojando tuercas. Los pilotos llegan envueltos en una capa de polvo, y los mecánicos se apuran en arreglar los desper fectos del día. Algunos tienen una larga noche por delante.
En el suelo, miles de tiendas forman el hotel con más habitaciones que jamás tuvo aquel paraje ante un cielo negro y estrellado que, nosotros los europeos, no tenemos constancia de haber visto hasta entonces. Con una buena sopa calentita y al abrigo de las haimas o al calor de las brasas, se cuentan las historias del día o se rememoran épocas pasadas, con la esperanza de seguir en ese vivac hasta el final, de llegar al Lago Rosa.
En esos metros cuadrados se condensa la esencia de la carrera, los miles de kilómetros recorridos y todas la experiencias de los años pasados, técnicas o personales. Es algo que merece la pena: pasear entre cada asistencia, conversar con los par ticipantes, con los mecánicos... sentir esa mezcla de ansiedad y esperanza de que por fin aparezca alguno de nuestros pilotos retrasados.
Es el otro Dakar, el de la mayoría, el que hace que funcione el resto.