El Rallye de los 1000 Lagos, ahora de Finlandia, siempre fue una de las pruebas míticas, si no la que más, tanto como el país, que en su vida cotidiana se mueve en un estrecho margen entre lo permitido y de donde no se puede pasar.
Por ello, cuando por primera vez te sorprende un radar de la policía y ésta te interroga, hay que estar sobre aviso de que tienes que ser una persona que cuenta con un trabajo precario, que gana poco dinero y, por supuesto, mantiene una familia numerosa. Y así, en el orden de ganar poco y tener muchos hijos, el importe de la "papela" sube o baja. Eso no está mal.
Recuerdo que un año "trincaron" a un célebre piloto español en un reconocimiento, que fue excesivamente comedido al declarar sus emolumentos. El "poli" se coscó de quién era y le cayó una gorda que creo recordar después se negoció a la baja.
De ser mucho el exceso de prisa se puede ir a la trena, tanto como si se es víctima, como me sucedió, del chivatazo del manager de un restaurante que, al salir de cenar, avisó a la policía de la marca, color y matrícula del coche que llevaba. Les dijo que había cenado allí y que podían "pescar". La policía me esperó en la más pura emboscada al final de una carretera en la que la única salida estaba controlada por ellos. Tests de alcoholemia y, según el "aparato", positivo por mucho soplar... Y esposado a la comisaría. Toma de datos y esposado de nuevo al hospital para una prueba de alcohol en sangre. De vuelta para unas cuantas horas al calabozo llegué con el brazo lleno de hematomas, una vez que el técnico sanitario, con un pedo del tres al cuatro, me tuvo que pinchar hasta cuatro veces para encontrarme la vena.
El resultado fue un juicio al que, como periodista, me citaron el primer día de rallye del año siguiente. Mi condena fue de 200.000 pesetas de 1990, que durante cinco años llevé siempre en el bolsillo trasero del pantalón y que nunca pagué. A mi vuelta a España mi sorpresa fue doble cuando el resultado del análisis dio en sangre 0,8 (el límite en Finlandia era por entonces 0,5) y soplando había dado 1,9. La otra fue el excelente trato que recibí de la Embajada de Finlandia en Madrid, cuando su secretario me propuso nombrar un abogado para denunciar al sanitario por incompatibilidad en sus funciones al acertar con mi "potente" vena.
Obviamente, pasé de todo, y si te he visto no me acuerdo hasta 2006, año de mi última visita al rallye finés. La moraleja sería que para saber beber hay que saber mear, y los finlandeses ni saben mear y menos beber.