¿Quién no gira la cabeza al ver pasar a un 911? Este vehículo quizá sea, junto con algún Ferrari, uno de los vehículos deportivos por antonomasia. En esta ocasión tenemos la oportunidad de pilotar un 2.2 S de 1971, un modelo con una dilatada trayectoria de éxitos en el Mundial. En el campeonato de España también brilló con luz propia, llevándoselo en 1970 a manos de Alberto Ruiz Jiménez, “el Oso”, bajo los colores de la Escudería Repsol.
Fue el coche ideal para los privados, porque aquello eran otros tiempos. No se necesitaban unos Brembo de 4 bombines, llantas de 18 y la última evolución de la Magnetti Marelli. Por aquel entonces, con esa configuración de motor trasero descolgado por detrás del eje, con seis cilindros opuestos refrigerados por aire y los casi 200 CV que entregaban los 2,2 litros con un poco de esmero, se podían ganar rallyes. Estamos hablando de un supercoche para la época, con inyección mecánica y un comportamiento delicado, pero que era una delicia una vez hecho a él. Se había beneficiado de toda la experiencia de Porsche, con el motor 2 litros, y fue una de las últimas veces que la marca se implicó directamente en un proyecto de rallyes, logrando la sonada victoria de Waldegard en el Montecarlo de 1970, seguida de Suecia y Austria.
Al volante
Agacharse para meternos en un Porsche es algo que se hace sin esfuerzo alguno, es como si el asiento nos llamara, nos esperara con sus arneses abiertos, dándonos la bienvenida al comienzo de una feliz experiencia. Lo primero que sorprende al ponerse al volante de un 911 es lo bajito que vas, casi sentado en el suelo y con el tablier enfrente y el volante bastante vertical. Al fondo están los pedales y en tu mano derecha la palanca de cambios, ¡si es como todos! Noooo... como todos no, nada más arrancar nos damos cuenta que no todo es lo mismo. El característico sonido de los seis cilindros boxer nos lo recuerda nada más accionar la llave de contacto. Y que la primera marcha entre para atrás nos reafirma en que no estamos montados en cualquier coche. Arrancamos y por primera vez el sonido de esos seis cilindros no se aleja cuando nos movemos, somos nosotros, los tenemos pegados al trasero.
Damos gas y vemos que los 200 caballos están ahí, esto tira. Se deja estirar y, de hecho, no es hasta las 6.000 vueltas donde empieza a dar lo mejor, pero aún así es muy utilizable en todos los regímenes. Con un poco de miedo al principio, por la H invertida del cambio, comenzamos a disfrutar de la conducción. A un ritmo normal, el guiado es perfecto y cuando apretamos un poco, porque corre, hay que estar atento a los pesos de un todo atrás, pero no tan exagerado como lo pintan.
Lo más sorprendente de pilotar un el 911 S es que tras 36 años de historia, su matrícula de Madrid sin letra lo delata, estamos frente a un coche que da mil vueltas a vehículos mucho mas modernos y que además su mecánica en como un reloj, tecnología alemana. Un coche que corre, un coche que frena y se detiene, además es precioso y uno de los mitos del automovilismo. ¿Qué más se puede pedir?