Es cierto que no estamos analizando dos rabiosas novedades pero, sin embargo, esta comparativa tiene mucho atractivo. En primer lugar, porque el Mini Cooper 1300 es uno de los modelos más intersantes del “mercado de clásicos” y, con el auge que tienen este tipo de pruebas de históricos, hemos creído conveniente darle un repaso al modelo. Si a ello añadimos un Mini Cooper S de ultimísima generación, con toda la experiencia y buen hacer de un grupo como BMW detrás, estaremos ante una sugerente prueba de dos modelos que siempre han dado mucho que hablar.
Comenzamos, como siempre, por lo que se ve desde fuera. Analizando las líneas maestras de ambos vehículos, vemos como en BMW se han inspirado claramente en las líneas del clásico Mini. Los faros, tanto delanteros como traseros, heredan el diseño británico aunque ahora incluyan ópticas que, como en el caso del xenón, eran inimaginables a mediados del siglo pasado. Eso sí, el tamaño ha variado mucho. Aunque hoy en día consideramos que el Mini Cooper S de nueva factura es “pequeño”, al lado del Cooper 1300 es enorme. Y es que el viejo Mini se nos queda muy escaso en sus cotas para los tiempos que corren; con la escalada de tamaño que han sufrido modelos que pueden ser competencia directa del nuevo Mini (Clio, 207, etc.), éste es pequeñito. Sin embargo cuenta con detalles tan exclusivos y, sobre todo, es tan diferente en sí mismo, que enamora a cualquiera. Su línea (moderna pero con tintes clásicos), sus eficaces motores (en este caso de 172 CV), su interior (con elementos diferenciadores como los relojes o los interruptores) y esa sensación de deportividad con estilo, lo hacen sumamente atractivo.
Vida a bordo
El nuevo Mini Cooper S destaca, sobre todo, por esto que hemos comentado en las últimas líneas: es muy deportivo pero conserva siempre el estilo. Es de los coches que por la mañana nos valen para sumergirnos en algún tramito de montaña y por la tarde sirven para ir a las boutiques más exclusivas de la ciudad. Sentados en él, apreciamos muchos detalles de deportividad. El primero es el tacto. El volante es grueso, la dirección dura y la palanca de cambios nos permite engranar sus seis marchas de forma precisa. Las llantas de diecisiete pulgadas con anchos neumáticos y la suspensión deportiva hacen que las curvas sean pura diversión. El coche, además, es muy bajito y el conductor va sentado muy abajo, muy cerca del suelo, aumentando así la sensación de velocidad.
Esta es, precisamente, la percepción que predomina en el Mini clásico. Vamos sentados muy abajo, tanto que el suelo que nosotros pisamos es el otro lado de la chapa que mira al suelo. Todo es espartano, claro está, pero sigue conservando un fuerte atractivo. En primer lugar, el conjunto de relojes que inundan el salpicadero, ahora con el añadido de los Terratrip para las pruebas de regularidad. Los asientos son sencillos pero cómodos, mientras que para pasar a las dos plazas traseras sólo tenemos que levantar el asiento por atrás: fácil. El maletero es más grande de lo que pudiéramos pensar, y nos cabe a buen seguro una maletita para pasar un fin de semana de carreras en la montaña. En marcha, los casi 70 CV que se extraen de su motor parecen en realidad muchos más, moviendo con facilidad los apenas 640 kilogramos de peso. Por dentro, es amplio; también bajo, pero ciertamente está todo muy bien aprovechado. Llaman la atención sus pequeñas ruedas, de diez pulgadas, mientras que los faros extra que montaba la unidad de nuestra comparativa nos proporcionan más intensidad luminosa que la que nos dan los faros de serie.
El comportamiento, magnífico
Estamos ante dos vehículos claramente construidos para las carreteras secundarias. Y no es que se vaya mal por la autopista, pero tenemos siempre la sensación de ir a tope. El Cooper S, además, incorpora un resonador en el escape para que cada vez que dejamos de acelerar suene un ronroneo muy propio de un vehículo de carreras. Por otro lado, sus más de 220 km/h dejan claro que tiene capacidad para ir muy deprisa; lógicamente, el viejo Mini no es capaz de lograr esas cotas, y la velocidad máxima ronda los 150 km/h, así que es mejor hacer las comparaciones en tramos revirados.
Es ahí donde el Mini clásico saca a relucir sus atributos: el primero de ellos, lógicamente, el peso. Los 640 kilogramos que antes comentábamos pasan a ser casi 1.200 en el caso del nuevo. Y es que los airbag, climatizadores, robustos asientos, etc., hacen que la báscula “cante”. Eso sí, la ganancia en seguridad es más que evidente. Lo dicho: el Mini clásico va muy bien por los tramos revirados, pero se ve penalizado por una suspensión un poquito blanda en ocasiones, y unos frenos que no tienen ni punto de comparación con los nuevos. Lleva, además, disco delante y tambor detrás. Pero, ¡qué mas queremos! Nuestro Mini clásico es de 1973 y son más de treinta años de diferencia. Hablando de automóviles, eso es toda una vida.