Si hay alguna marca que directamente asociamos a los rallyes, a su época dorada, es el Lancia. La escudería italiana ha sido, por una larga temporada, dueña y señora de esta competición y ha realizado las mas bellas “macchinas” de competición, despertando auténticas pasiones entre sus seguidores. El Fulvia fue quizá el primer paso, mirando directamente a los rallyes, no a la competición. Tiene en su haber triunfos desde 1966 de Cella en el Sanremo, aunque los más sonados fueron los de Munari, Kallstrom o Lampinen, en rallyes tan dispares como Portugal en 1970, Montecarlo en el ‘72 y el Costa Brava del ‘73. En 1972, Lancia fue campeona del mundo de marcas, mientras que Munari consiguió el título europeo en 1973 con una de estas preciosidades.
La oportunidad que nos ofrece Guillermo Velasco es probar un Fulvia HF 1600 serie II de 1973. Partiendo de una unidad de calle, Guillermo ha redecorado el Fulvia como el del equipo oficial Repsol, con el que Eladio Doncel, Alberto Ruiz Jiménez y José Manuel Lencina corrieron a finales de los ‘60, antes de pasarse a los Porsche.
Mecánicamente la preparación es muy liviana, con su peculiar motor de serie al que ha añadido un colector 4 a 1 y un par de bombas de gasolina para alimentar esos cuatro cilindros en una leve V de 12o y colocado delante con una inclinación de 45o. Con 1.598 cc y dos carburadores Solex de doble cuerpo de 42, dos árboles de levas en cabeza y dos válvulas por cilindro, ofrece de serie 120 CV, aunque en sus versiones de competición llegó a dar 165 CV.
La caja de cambios es de 5 velocidades, correspondientes a la segunda serie, y para la suspensión recurre a un sistema de ballestón transversal delantero, con doble triángulo y eje rígido atrás, también con ballestas, longitudinales en este caso.
Con un cubicaje digamos que “modesto” frente a los dos litros del resto de vehículos de la prueba, su baza es desde luego la ligereza, con poco más de 800 kg, aprovecha su tracción delantera para ser el rey de las situaciones difíciles y los recorridos más ratoneros.
Al volante
Sinceramente, probamos el Fulvia el último de los cuatro, y si de cada uno debemos destacar algún adjetivo, aquí elegimos la elegancia y la nobleza. Sentados en un coche de hace más de 30 años y del cual aún nos cautivan las formas, apreciamos el extremo cuidado con el que está realizado el interior (salpicadero en madera e infinidad de relojes para ofrecernos toda la información de lo que pasa bajo el capó). Al ponernos en marcha, ya notamos que los caballos están lejos de los del Porsche o del Escort, por lo que hemos de buscar la satisfacción en otros puntos. Casi sin pensarlo, al iniciar el tramo de pruebas, en la primera curva cerrada nos damos cuenta de que aquello tira de delante, que no es como los tres anteriores, y en ese momento cambiamos el chip. Guillermo nos dice que esa tracción delantera le da un plus en las situaciones más comprometidas y que, si bien no es tan divertido como un propulsión, una vez adaptado al ritmo, podemos ir realmente rápidos, ya que es muy sano en reacciones y se desenvuelve muy bien en las zonas más reviradas y con piso complicado.
La verdad es que pilotar un Fulvia es como llevar un pedazo de historia entre las manos, sentado bastante abajo, con esos pequeños baquets, enlazando curvas y pensando en Munari. Algo inolvidable.