lunes, 01 de diciembre de 2008 Buscar

Automóviles

Ford Escort MKI RS2000

01/08/2007

Ford Escort MKI RS2000

El Ford Escort MkI de Gonzalo Rico Avelló es un coche de rallyes, sin miramientos. La preparación de esta unidad es total, motor Pinto, caja de cambios con relación cerrada, autoblocante... y todo ello metido en un clásico inglés de los ‘70. Un aparato muy especial.

Para nadie es ya un secreto que el Escort de los ‘70, tanto Mk I como Mk II es el coche de rallyes preferido de muchos pilotos, entre ellos Colin McRae. Después de montarnos en el de Amazón Sport no nos queda ninguna duda del por qué. Todos los anteriores eran vehículos más o menos de serie, con una cierta preparación, pero sin ser esto lo más sobresaliente. Aquí es todo lo contrario, su lado de carreras es lo que manda.

Si nos remontamos a los ‘70, el Escort no es que fuese un modelo a destacar en su producción en serie, como un 911, pero fue en el mundo de los rallyes donde más brilló y donde el equipo Ford mejor trabajo hizo, realizando una auténtica bestia de los tramos. Qué podemos decir si nombres como Roger Clark, Ove Andersson, Hannu Mikkola, Timo Makinen, Markku Alen, Bjorn Waldegard o Ari Vatanen lo han pilotado. En sus años de actividad, desde el primer Twin Cam que en el ‘68 ganó el Acrópolis o el 1000 Lagos, hasta el MkII con el que Vatanen consiguió el Mundial en 1981, muchas victorias han pasados por su inconfundible línea de aletas ensanchadas. La unidad de Gonzalo Rico Avelló es la que todos quisiéramos tener en nuestro garaje para, de vez en cuando, darnos una vueltita y disfrutar como auténticos enanos. Éste ya no es un coche para dar un paseo con la “parienta” o sacar el domingo para ir a comer, es un coche de carreras y debería ser obligatorio llevar el casco cada vez que nos montamos en él. Tiene prácticamente lo mejor que podíamos encontrar en aquella época, alrededor de 1973. El motor es un Pinto de 1.998 cc, cuatro cilindros con dos Weber dobles de 45 y nada menos que 180 CV. Y decimos todo porque todavía se puede montar un BDA o un BDG, pero valen una friolera de millones, pues alcanzan los 230 CV, y para carreras de Regularidad, el elegido es más que suficiente. El cambio es otra perlita, cuatro marchas con relación cerrada y dientes rectos, embrague cerámico y autoblocante. Una auténtica bestia con frenos AP y una suspensión lo más evolucionada posible para el modelo.

Al volante
Al sentarnos en el Escort ya nos dimos cuenta de que no iba a ser como los demás, una pequeña ventana de plástico, el interior completamente desnudo y un botón para arrancar. Los 180 CV empiezan a rugir y todo el sonido entra en el habitáculo. Al engranar la primera, con un breve recorrido de palanca, como buen coche de carreras, con embrague cerámico y motor con pocos bajos, se nos cala. Una vez en marcha, comprendemos rápidamente la situación. El motor, rabioso, nos trasmite toda su potencia, los cambios engranan a la mínima insinuación, con un grupo corto de apenas 140 km/h podemos disfrutar de ese preciso tacto.

El coche se mueve a nuestro antojo, el freno es de carreras y los neumáticos, Michelin TB15, responden a todos nuestros deseos. Una curva cerrada, metemos el morro un tanto perezoso, pero inmediatamente la zaga, con la terrible respuesta del autoblocante trasero tarado a un 80%, nos deja en nuestro sitio con esa mítica y famosa cruzada de los Escort. Esto es una maravilla, a la mínima insinuación de volante y gas la trasera desliza, pero es algo paulatino, sosegado, totalmente controlable. Es como si fuera lo más normal del mundo. A medida que damos vueltas nos vamos calentando, frenos, motor, dirección muy directa, cambio y un comportamiento de ensueño nos aconsejan que es el momento de parar y recapacitar que estamos probando un clásico de hace 30 años y no un coche de carreras. ¿O no?

 

 

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